Más sobre el nonsense
Este diario comenzó en 1996, y fue acompañando mis libros didácticos, en un apartado desde entonces.
Más sobre el nonsense
Entre paréntesis y sin relación alguna, llevo cosas que se me ocurre que le pueden interesar a los chicos. Esta vez es un dispositivo "mágico" al que podemos pedirle en secreto nuestros deseos y se hacen realidad, siempre que no los divulguemos. La idea no es nueva pero llamó la atención la situación, ya que el aparato en sí no es más que uno que mi hija recibió cuando era chica en una Cajita Feliz. :)
Lo más interesante es que cuando se los comenté a los chicos de uno de los grupos de primario, ¡todos querían pedir los deseos en secreto al aparato!
(Nota: al respecto tengo que reconocer que la idea primigenia sobre la creatividad la adquirí de mi mamá cuando me decía que uno puede tomar cosas familiares o usadas, y ponerlas en una situación diferente, cambiarles el objetivo o combinarlos de nuevas formas, y así tener algo novedoso y, de paso, no gastar dinero :). (En síntesis, es la idea de la reutilización, la reingeniería o el reciclado...).
A esta altura, los alumnos me piden que "pase lista" porque ya saben -o les gusta confirmar- que los que no vinieron tienen "presente" y viceversa. :) (Mentira, les digo, y les muestro la lista).
Un día, José dice: entonces si no vinimos, ¿quién hizo estos diseños en la compu?
¿Fantasmas? respondí.
(Pensar que todo esto comenzó porque no respondían rápido cuando los nombraba y me quiero memorizar sus nombres.)
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A veces podemos recurrir a la mera descripción de una conducta para lograr algo. Como Agustín que rompía cosas hasta que dije:
-Bueno, juguemos a romper (cosas en desuso), como estos papeles. A ver quién rompe mejor. Y se divirtieron rompiendo en mil pedazos algunos hojas usadas. Fue lindo, porque también romper puede ser útil, les dije. ¡¡¡Pero no lo hagan con nada importante!!!
Y a partir de allí, por lo menos en mis clases, Agustín participa mucho más y ya no parece tener necesidad de destruir cosas.
Otra veces, cuando Joaquín no para de moverse, le he dicho a todos: este chico se la pasa yendo y viniendo, yendo y viniendo.
Se reían al ver que no me enojé, sólo describí su conducta peculiar.
No pude cambiar demasiado aún su inquietud pero, por lo menos, ¡¡algo más trabaja!!
En una larga serie de preguntas, Justina fue desenredando lo que está pasando con las noticias en televisión, la pandemia, el rebrote de Covid, etc., etc.
Cuando terminó su larga secuencia de preguntas, le dije con sorpresa, qué preguntas más coherentes y organizadas. Y ella se sorprendió por mi comentario, pero era cierto.
Ella dirigió de un modo completamente lógico y exhaustivo toda la conversación, a través de su serie escalonada de preguntas.
No deja de ser una habilidad, pensé.
El otro día comenté a los chicos del nivel Posprimario que una vez leí en un libro de Psicología que el hablar solo, es signo de inteligencia. Los alumnos diferenciaron enseguida entre hablar solo cuando uno está solo, de cuando hay otra gente.
Y otro comentó que el día que hablaba en voz alta, estando solo, se organizaba mejor.
Tal cual, pensé.
-Camila, no vino.
-Santino, no vino, etc.
Si bien ya saben que lo digo en broma y a propósito, los alumnos no dejan de gritar "¡Acá estoy!", reafirmando no sólo su presencia sino probablemente mi alusión (con la supuesta "ausencia") a su persona.
Y vuelvo una y otra vez a reiterar la broma ritual, en torno a un acuerdo basado en la posibilidad de lo absurdo, en medio del caos escolar.
Definitivamente este chiste repetido nos une, sobre todo cuando "no vino nadie", el día de asistencia perfecta. :)
No sólo con los más pequeños, los juegos nonsense tienen sin embargo gran sentido. Como los alumnos andan distraidos cuando paso lista, se me ocurrió decir cada vez que nombro a alguno:
-"Gómez, Arturo: no vino".
A lo que de inmediato reacciona ese alumno, o sus compañeros, aclarando que sí está.
A tal punto llegó el absurdo, que le pregunté a alguno: ¿no viniste, verdad? A lo que todos nos reímos.
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Me dijo: -Es que nunca estos familiares estuvieron juntos para una foto, yo misma la armé.
Y probablemente nunca volvió a verlos, una vez emigrada desde Polonia a la Argentina, muy poco antes de estallar la Segunda Guerra Mundial.
Si hay una actividad que me encanta proponer a los alumnos, principalmente del Ciclo de Capacitación Laboral es crear un diario, cuaderno o collage (en general digital) basado en sus propios intereses. Incentivarlos a bucear en lo que más les apasiona.
No siempre reparamos en la trascendencia que tiene en nuestra vida aquello que amamos y admiramos.
En mi caso el ballet. Cuando quise rescatar algo que lo sintetizara para armar este pizarrón antiguo, elegí a Vaslav Nijinsky, un bailarín fuera de serie, quizá el verdadero precursor de la danza "moderna", el "Dios de la danza", el que enloqueció cuando su hermano -"para quien" decía él que bailaba- murió.
Alguien que muchos observaban como no humano por su forma extraña de mantenerse en el aire más de lo esperado en sus saltos. Una historia intensa y conmovedora.
Como si el arte y la belleza no pudieran separarse de la tragedia.
Hoy, luego de varias décadas y tantos adelantos tecnológicos, me reencuentro con ambos aspectos de mi actividad inicial, la de la formación docente y la de la programación.
Y lo destaco porque los debates de aquellos años, aunque hoy puedan parecer absurdos, consistían en decidir si se enseñaba o no Programación a los niños. Y prevaleció la opinión de muchos especialistas, pedagogos y aun también informáticos que decidieron que no, por lo menos en Argentina. Que como los niños no se dedicarían a ser necesariamente programadores en su vida adulta, era más importante enseñarles a utilizar la computadora con programas y utilitarios ya programados.
Pero en la actualidad y dados los abruptos adelantos de la Tecnología Informática de la mano de la Inteligencia Artificial, la Robótica, la impresión 3D y otras disciplinas, ya no quedan dudas sobre la importancia de esta tercera alfabetización fundamental que los niños necesitan, además de la Matemática y la Lengua. Ya no importa a qué se dedicarán de grandes, sabemos que necesitan del conocimiento de las Ciencias de la Computación y en particular de Programación de Computadoras.
Y en este reencuentro con mi vocación primera, observo los resabios de mucho tiempo de enseñar y aplicar programas en las escuelas, principalmente en la creencia de muchos profesores de que se aprenden los lenguajes como se estudia una aplicación, explorando mediante menús de un modo relativamente intuitivo.
Y resulta que la Programación de computadoras y en particular de videojuegos, presentan dificultades conceptuales y necesitan una práctica, propia de cualquier disciplina, y bastante intensa.
Es el momento en que los que somos formadores de docentes debemos transparentar esta realidad, desmitificando los argumentos que muchas veces se dan sobre lo "fácil" que es aprender un lenguaje de computadoras, que no hacen sino cerrar esa misma puerta que pretendían abrir, cuando finalmente se produce la desilusión del docente que venía a aprender rápidamente a "usar" por ejemplo Scratch y observa que en cuanto quiere crear algún proyecto de cierto interés, éste no le sale en forma directa.
Uno de los conceptos importantes de la Programación en un lenguaje es precisamente la importancia de la depuración de un programa. Se dice que el 70% del tiempo de la elaboración de un programa consiste en mejorarlo, depurarlo.
Y esta práctica es bien diferente de cualquier otro aprendizaje, y más similar a una labor artesanal, creativa y constructiva. Entonces, tanto alumnos como docentes deberán intensificar sus hábitos de experimentación, de ensayo y error y crecer en su tolerancia a la frustración, para poder apropiarse de un conocimiento, el tecnológico, tan trascendente de esta época.
Y así, siguió merodeando mis oficinas, escondida en algún libro o perdida por ahí. Hasta que la volví a ver en estos días, mientras ordenaba, no recuerdo exactamente dónde.
Intacta, recordándome tal vez lo importante que es la programación de computadoras pero, sobre todo, lo interesante que es para ella haberse convertido sin querer y sin ánimo de ser premonitoria, en un talismán junto con otros más sofisticados.
Como el lápiz que Luciana me regaló para uno de mis cumpleaños, y que nunca dejo de tener cerca antes de dictar algún curso o participar de un congreso.